Los que ya tenemos unos añitos a nuestras espaldas, no podemos evitar una sonrisa en la cara al escuchar el soniquete de: ¡Por fin llegó la cosecha, llegó la cosecha, hermano!. Era la música de un anuncio de televisión que se hizo famoso en los 80 y que a más de uno nos traerá grandes recuerdos. Y es que cada año, una de las épocas más esperadas por muchos, es la de la cosecha. El tiempo de recoger, recolectar, cosechar, vendimiar… dependiendo del producto que estemos esperando, lo que hemos estado trabajando y cuidando todo el año.26891028390_979fc342f4_h

En fin, que la época de la cosecha, era toda una fiesta en muchos pueblos. Tradicionalmente muchas culturas la celebraban por todo lo alto, y de hecho, el famoso día de Acción de Gracias, tiene su origen en el rito de la recolecta.

Antiguamente el verano en los pueblos se dedicaba íntegramente a la siega. Se comenzaba alrededor de San Juan, con las espigas ya completamente maduras. Era un momento muy esperado y que servía para romper con la rutina de todo un año. La faena se solía alargar hasta bien entrado el mes de agosto. No había descanso, porque, como se solía decir… Para cebada y trigo, no hay domingos. Son muchos los recuerdos que a los más veteranos traen estas fechas, plagadas de nostalgia, en la que las arrobas y básculas definían la labor de todo un año y ponían fin a un nuevo ciclo del cereal.

Parece que viene buen año ¿no?, era una frase recurrente en los pueblos. Porque se fuera o no agricultor, la vida de los pueblos, dependía de cómo hubiera sido el año y de si se había cogido o no mucho cereal (o lo que fuera). Eran meses de muy duro trabajo para la gente del campo. Un trabajo que se veía recompensado si la parva de la mies en las eras, era más grande de lo que se había previsto.

Está claro que antaño la labor de la siega era mucho más fatigosa. Con los años, y con el repunte de las nuevas tecnologías, como en muchos otros sectores, se han ido facilitando las tareas. Ahora son enormes cosechadoras, que van equipadas hasta con GPS, las que realizan todo el trabajo. Pero antiguamente, existía un verdadero ceremonial para la realización de las tareas de la siega.

Se comenzaba contratando la cuadrilla de segadores. Muchos de ellos, gente de otros oficios que reservaban estos meses para sacarse un sobresueldo en el campo. También estaban los veraneantes, que nada tienen que ver con los de ahora. Eran obreros que acudían a los pueblos en busca de trabajo y de un jornal. Parecía que iban uniformados. Hoz en ristre, pantalón de pana, camisa blanca remangada bajo el codo y el necesario sobrero de paja y todos ellos trabajando de sol a sol y sólo descansando para tomar un trago de agua del botijo y almorzar unos torreznos, pan y cebolla o lo que se terciara. Con la caída de la tarde, cuando el sol calentaba menos, era el momento de atar las gavillas. Se juntaban varias y se hacían fajos grandes. Era una labor dura y desagradable, en la que todos echaban una mano, incluso los más pequeños de la casa.

22154631302_7ffd41b67f_hPero, como en todos los sectores, también al campo, afortunadamente, llegó el progreso, y lo hizo de la mano de las máquinas cosechadoras, que tumbaban el cereal en un visto y no visto, separando la grana de la paja, un trabajo que antiguamente, (la trilla) era de lo más laborioso. La hoz y el trillo, pasaron entonces a mejor vida. A adornar bodegas y merenderos como un relicario y recuerdo de un tiempo ya pasado.

Ahora, las máquinas son cada vez más grandes. Se ventilan las hectáreas en un visto y no visto, y ¿el verano agrícola?, que antes duraba todo el verano, ahora se ve reducido a tan sólo 15 días. El ciclo es cada vez más corto. El grano ya no se guarda en paneras, se lleva a almacenes, pero hay algo que no ha cambiado todavía se sigue vendiendo en pesetas.

En Timrural guardamos grandes recuerdos de nuestra niñez en nuestros pueblos. Era emocionante ver las antiguas cosechadoras, que ahora parecerían de juguete y cómo los tractores pasaban al anochecer, con los remolques cargados con el cereal. Y luego en el bar, se comentaba la jugada. Pues a fulanito la hectárea le ha salido a 3.000; pues a Menganito a 4.000.

Todavía hoy nos alegramos con la llegada del verano y seguimos diciendo aquello de: ¡Por fin llegó la cosecha!, y que lo sigamos diciendo por mucho tiempo más.

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