Cada vez siento más nostalgia por el puchero de la abuela. Sobre todo, ahora que proliferan tanto los programas de cocina en los diferentes canales de televisión. Programas en los que aparecen expertos y gurús de la denominada «alta cocina», que se miden por «estrellas michelín» y que dan consejos a avezados concursantes con pasión por los fogones.

Ya todos conocemos las bondades de utilizar nitrógeno para la congelación ultrarrápida de los alimentos. Sabemos que son las esferificaciones (otra cosa es que sepamos llevarlas a cabo).

También conocemos diferentes técnicas para clarificar, confitar, deshidratar o marinar. Conceptos como emulsificación y gelificación son cada vez más habituales en nuestra jerga gastronómica, e incluso, sabemos lo que es un trampantojo y¡hasta el alginato! ¿Quién hoy en día no lo tiene en su despensa? En fin… (¿Cómo hemos podido cocinar hasta ahora sin alginato?)

Pero sintiéndolo mucho, yo cada vez echo más de menos esos ricos pucheros. Esos platos cocinados amorosamente y a fuego lento en cazuela de barro y con cocina bilbaína, a poder ser. Ese olor del ajo refrito con pimentón, que se echaba en cualquier guiso que se preciara.

Las abuelas, esas si que son verdaderas gurús de alta cocina, de la rural, de la de toda la vida. Y es que, de verdad que como en el pueblo no se come en ningún lado. Las gachas, los torreznos (o torreznos), las migas de pastor o las sopas de ajo… como en el pueblo, en ningún sitio, y más si se comen directamente desde el mortero.

Por muy rica que está la tortilla deconstruída, como la de toda la vida no hay nada. (La sartén es lo que tiene). Los zarajos, los atascaburras, el pisto o el morteruelo nada tienen que envidiar a estos platos de nombres larguísimos, aderezados con finas hierbas y aromas a exóticas algas, pero que luego son tan minúsculos en el plato (minimalista, dirían los expertos), que no quitan el apetito.o, lento, lento.

En Timrural queremos poner en valor la gastronomía de nuestras comarcas y pueblos. El saber hacer en la cocina que ha ido pasando de generación en generación y que se ha convertido en un importante recurso turístico y cultural en muchos municipios. El de los olores y sabores tradicionales de siempre. Pongamos en valor la cocina tradicional. No reneguemos de la modernidad, pero mantengamos viva esa llama de tradición de lo cocinado en puchero.

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