La primavera avanza, aunque sea sólo en el calendario, porque lo que es en tiempo real, no parece que estemos en esta época del año. Los ríos se desbordan, los arroyos bajan más llenos que nunca ya que no deja de llover. Pero, a pesar de todo, es primavera en nuestros pueblos, y aunque los campos ya están en su máximo verdor, las calefacciones siguen en pleno apogeo.

En mi casa, lo que sigue en pleno apogeo, es el brasero. Pero más que nada, por un tema romántico, ya que me niego a prescindir de este calor tan agradable, que sólo te da este fabuloso y antiquísimo invento. Antaño era el instrumento preferido para mantenerse caliente, en una época en la que el frío era mucho más intenso y cortante que lo que es ahora y en la que calentar una habitación entera o una casa, era un auténtico derroche que solo podían permitirse unos pocos.

Y es que encender el brasero y taparme con las faldas de la camilla, me transporta a tiempos lejanos y felices, a mi niñez. Me recuerda a las mágicas tardes de invierno jugando a las cartas en casa de los abuelos. Me recuerda a noches en las que se iba la luz, y hablábamos y hablábamos hasta consumir las velas, testigos de conversaciones infinitas. Me recuerda a desayunos cargados de pan y manteca de cerdo, que la abuela nos preparaba generosamente. Me recuerda a tardes con bocata de chocolate viendo nuestro programa de televisión favorito. Me recuerda a reuniones infantiles preparando la siguiente travesura. Me recuerda a largas reuniones contando historias de miedo azuzados por el calor que subía por nuestras piernas. Me recuerda a mis abuelos, sentados en sus sillones de skay viendo pasar las horas y nosotros felices en su compañía.brasero timrural

Hay tantas historias de pueblo al calor del brasero que merece la pena recordar que me niego a prescindir de este placentero calor que todavía hoy sigue avivando mis recuerdos. Yo solía prepararlo con el abuelo. Echábamos el cisco y lo prendíamos. Utilizábamos la badila para avivar el fuego cuando el calor amainaba y ahí echábamos la tarde entera. Eso sí,  había que ser muy precavido para evitar el tufo y que se prendieran las faldas de la camilla. Y poco antes de irnos a dormir, se aprovechaban las ascuas para meterlas en un brasero portátil y calentar las sábanas. ¡Eso si que era un verdadero placer! Dormir en aquellos inmensos colchones de lana, en los que te hundías y ya no te movías en toda la noche, calentados por el brasero era un auténtico lujo.

Como decía, puro romanticismo. El calor del brasero me transporta a otros tiempos. Fechas felices, casi todas transcurridas en el pueblo, donde he pasado los mejores y más importantes momentos de mi vida. En TIMRURAL deseamos mantener esos momentos mágicos. Deseamos que perduren esos ratos de felicidad en el pueblo. Deseamos que los pueblos no se extingan porque son el último reducto de los que hemos nacido y crecido en ellos.

En TIMRURAL luchamos porque sigamos manteniendo muchos braseros encendidos y tengamos muchas historias que contar a su abrigo.

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