Raro es que aquel que no viva o pase mucho tiempo en un pueblo no tenga un mote. Utilizamos los motes para referirnos a alguien en un contexto de cercanía, apego y proximidad. En cierta medida, medida sirven para estrechar lazos entre los vecinos. Es algo general, que pasa en todos los pueblos y que forma parte de nuestro patrimonio etnográfico y la idiosincrasia de cada municipio. Podríamos decir que los motes son historia viva.

Por ello, en TIMRURAL queremos hacer un repaso a estos apelativos, que con buena o mala idea, tanto se usan en nuestros pueblos y que dan cierto encanto al hecho de vivir en un entorno rural

El uso de los motes, viene de antiguo. Muestra de ello son los numerosos monarcas que han pasado a la historia con un sobrenombre. Buen ejemplo de ello, son Alfonso X «El Sabio», Carlos II «El Hechizadoa», Isabel «La Católica», Felipe «El Hermoso», Juana «La Loca».

Escritores, pintores, músicos, artistas o toreros tampoco se libran de los motes. Recordemos si no a «El Grecoa» o al «Manco de Lepantoa». Hoy en día, el gremio de los futbolistas, es uno de los más dados a tener motes: Javier Hernández «Chicharito», Messi «La Pulga», David Villa «El Guaje», Fernando Torres «El Niño» o Zinedin Zidane «El Mago».

En la mayoría de los pueblos, los apellidos nos sirven para diferenciar a los vecinos, ya que es habitual que en un mismo lugar, la gente se apellide de la misma manera y lleve también el mismo nombre: Martínez, García, Alonso, Puerta, Valles, Ferrero.

A veces, sin los motes, nos resultaría muy difícil reconocer a los vecinos de la zona.

Algunos motes nacen a partir de un apellido, otros por deformación del lenguaje y a veces, se generan de forma totalmente anecdótica, por alguna circunstancia o hecho del protagonista, «Matamulasa», «Revientabotasa», «Juergasa».

Hay motes individuales, que solo afectan a una persona, sin embargo, en algunos casos, los motes, al igual que ocurre con los apellidos, se heredan generación tras generación, y llegando a veces a ser referencia de un mismo clan familiar. Así, si el bisabuelo era conocido como «el boinasa», sus descendientes, con mucha probabilidad, habrán heredado el mismo apodo.

Estos apodos suelen aludir a alguna característica física o personal del destinatario, y muchas veces tienen valor despectivo o peyorativo. Hay que reconocer que muchos de los motes que hay en nuestros pueblos reflejan un gran ingenio y mala idea. «El cejasa», «El Napiasa», «El Chepasa», «El Verrugasa»… las posibilidades son infinitas. El arte de crear motes requiere de un gran ingenio y perspicacia y también mala intención, aunque en la gran mayoría de las ocasiones, éstos han sido creados desde el cariño y la cercanía, a modo de una broma puntual, pero que finalmente la broma perdura en el tiempo.

Los apodos pueden referirse a la profesión de la persona: «El esquilador», «El cebollero», «El sacamuelas», «El Jotero», «El pincha-agujas», «El carretero»… También pueden hacer referencia a animales, por ello, es fácil encontrar muchos pueblos en los que hay «Gorrinos», «Ratones», «Gatos»… que aluden a familias enteras. Los alimentos y productos típicos de cada zona son muy recurrentes también, como por ejemplo, «El Lechuga», «El Patata» o el «El Espárrago».

A veces, estos curiosos apelativos son el resultado de la combinación de varias palabras. En nuestros pueblos encontramos «Pelagatos», «Cagagatos», «Rompepuertas», «Matahombres», «Perroflaco», «Tuercebotasa»… Las circunstancias personales de cada uno, también pueden hacer que nazca un nuevo mote: «El huérfano», «El preso», «El meón». O los gentilicios «Los Asturianos», «Los Gallegos», «Los murcianos».

Como en todo, las tendencias están cambiando. Ahora se utilizan motes que provienen de palabras muy utilizadas en la televisión o el cine, como pueden ser «Friki», «Zoombie» o «Pagafantas».

En ocasiones, un mismo apodo sirve para definir a un pueblo entero o comunidad entera así, por ejemplo, a los de Madrid se les llama «Gatos», los de Valladolid son «Pucelanos», los de Albacete, «Culiverdes», los de Málaga son «Boquerones», los salmantinos «Charros» y los Guipuzcoanos «Guiputxis» y los de Santa Cruz de Tenerife «Chicharreros».

Hay pueblos, como por ejemplo Chirivel (Almería) o Cedillo (Cáceres), que se toman muy en serio sus motes y han llegado incluso a editar un listón telefónico en el que aparecen los apodos de cada uno de los vecinos.

En TIMRURAL, estamos encantados con este entrañable recorrido a través de los curiosos apelativos que abundan en nuestras zonas rurales. ¿Cuál es el tuyo?

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